En este episodio de la Escuela Desarrollo Transpersonal conversamos con José María Doria sobre el ego, la mirada del otro, la búsqueda constante de reconocimiento y la dificultad de encontrar paz a través de logros, metas o validación externa.
Destacamos:
Se define como un personaje en manos de la vida, que se ha rendido (por la edad, por las compresiones…) pero que es consciente de que es un personaje dentro del teatro del mundo.
Sin contradicciones por tener una mente paradójica que puede acoger dualidades como son los dos planos (ego y fondo). Se reconoce como infinitud y totalidad, lo que le hace relativizar al Doria del mundo de las formas.
¿En algún momento ha sentido que representaba el papel de gurú?
Hace 15 o 20 años sí se sintió que era alguien especial y que tenía un papel importante en la vida, pero la misma vida le devolvió al mundo de los mortales. Había viajado y visto bastantes seres de los que él consideraba iluminados, pero la mayoría de las veces veía su máscara y lo que había detrás. Hoy en día no tiene un maestro, rema sólo.
Se siente que es un agente tanto del bien, en unas ocasiones, como del mal en otras. Reconoce que la autoría no está en el yo sino en la vida que se desarrolla a través de lo que llamamos yo.
¿Dónde está el fino límite entre ser consciente de algo o de responsabilizarnos?
No es incompatible; tener conciencia de una acción es ya una forma de responsabilidad. Aunque se pueda repetir el acto que se sintió inadecuado, nos podemos ir moldeando, aunque no esté garantizado superarlo.
Comprender que la otra persona también tiene un programa, un estado de conciencia y que está cumpliendo su papel. Ponerte en los zapatos de la otra persona, en su historia.
¿Qué evoca en ti la palabra Dios?
Un estado de conciencia que tiene que ver con ese transfondo que todos tenemos, más o menos revelado. Una identidad, amor, unidad, compasión, benevolencia. No tiene nada que ver con una idea religiosa. Una realidad mayor que engloba y unifica, y que es la que mueve todo el “tinglao”. Dios es el océano, no la ola; el lienzo, no la figura; el cielo, no las nubes; lo inmutable, no lo que cambia, algo que preexiste.
Sus principales recomendaciones: merece la pena confiar en esa realidad mayor que todo lo mueve, aceptar todo lo que suceda, aunque con una actitud dinámica, no resignada o pasiva. La amabilidad es una bonita manera de convivencia. Su mayor deseo es que ojalá la humildad le visite muy a menudo.
Desapego del yo, disolución eidética de la yoidad; aunque a ratos te veas como ola, sientes que eres océano. Sobrevaloramos mucho la vida en este estado de conciencia, muchas ilusiones, ganas de conseguir, de materializar, de crear… Pero al final te das cuenta de que no lo haces tú, que todo acontece. Nunca es bastante, egos muy competitivos con el querer y el poder, viviendo en el miedo y en el tiempo; ésta es nuestra hipnosis colectiva.
Separa la muerte del sufrimiento.
Todo pasa por algo, el hecho de que todo esté dentro de un orden mayor y nada sea casual produce una sensación liviana, estar en manos de la vida, todo es vida manifestándose. Ningún remolino en el mar es ajeno al mar.
Vivir la paradoja de la dualidad. Por un lado, somos egos separados con ilusión de libre albedrío y de elección de destino. Necesitamos creer eso en el plano de las formas, sin ello esto sería imposible de sostener. Y hay además una dimensión más profunda, que sonríe al ver al ego esforzado en conseguir aquello que supuestamente le va a dar la paz o felicidad que anhela.
Ante todo este escenario, mantener una mirada serena. La paz es imposible de conseguir desde el ego. Las cosas, cuando más se buscan tienden a generar una fuerza contraria. Acomodarnos a el fluir.
Disfrutar de las cosas fugaces y hermosas. Aceptar no significa soltar el anhelo de encontrar un estado de conciencia que nos permita surcar la existencia de manera agradable.
Aquello que atiendes crece, aparece, existe en tu escenario.
Tres palabras: la humildad, la inocencia y la amabilidad. La humildad es lo que más admira al verlo reflejado en alguien; implica verdad, autenticidad, es la cualidad por excelencia.
La amabilidad está más allá de ser correcto y formal. Relación con las demás personas, cuidar a la otra viendo sus carencias, sus bellezas. Se podría asimilar al espíritu de servicio.
La inocencia, que no es un analfabetismo sino un no tener en cuenta las memorias y los entresijos de la mente. Es una pureza primordial, una sensibilidad exquisita. La vemos en los ojos de un animal, cuánta presencia hay ahí.
El verdadero amor es incondicional, sin objeto. Ejemplo: el Sol da sin importarle dónde llega, no necesita un objeto para expresar ese amor, no es el amor que tienes sino el que eres. El cimiento y el cemento del Universo es un estado de conciencia. Manifestar esa condición es dejar que algo brote de la esencia y es el estado que anhelamos todas las personas.

