El lugar:
Una antigua capilla de una orden religiosa femenina, actualmente sin dedicación al culto, desacralizada y restaurada, con su esencia inicial algo extraviada, como si hubiera perdido su sentido. Aún conserva sus columnas decoradas a todo color, porque no todo tenía que ser gris ni oscuro en aquellos tiempos lejanos. Sus abundantes flores de lis, como mensaje de sus orígenes o alianzas; su celosía de madera a media altura, en recuerdo de un uso más oculto; su enclave en lo que en su día era, seguramente, un lugar próximo al centro de la ciudad y cercano al poder eclesiástico al que debían obediencia.
Hoy es un nuevo espacio cultural en la ciudad, disponible para iniciativas privadas, conferencias, presentaciones, conciertos. Se organizan tantos eventos que da la impresión de que antes de su estrenada nueva etapa no había otro local en Pamplona en el que celebrar estos actos.
La celebración:
En el espacio que antes era el altar de la capilla, apretados entre ellos por la falta de espacio suficiente, se ubicaban ocho músicos con sus instrumentos de viento, cuerda y teclado, vestidos rigurosamente de negro.
Tras ellos, al fondo, un coro de muchas voces, masculinas y femeninas. Buenas voces y mucha responsabilidad sobre sus hombros y sus cuerdas vocales, personas comprometidas con la música y el buen hacer.
Entre los músicos y nosotros, un pequeño espacio, sin atril ni entarimado, para la directora que los dirige a todos.
Todos ellos están apiñados en el espacio más sagrado del lugar, el que todavía conserva el eco de palabras pronunciadas con mucho cuidado, con la atención puesta en no cometer errores porque hablan del misterio. Es el espacio que todos los antiguos asistentes tenían que contemplar, se colocaran donde lo hicieran. Hoy también es el escenario que todos los asistentes tenemos que ver, un espacio con otro tipo de sacralidad, en este caso la de un concierto de música cantada, antigua y moderna, con un significado que también roza lo sagrado: la especial significación de los principales invitados al concierto.
Podríamos decir que asistimos a un espectáculo musical, pero creo que lo que presenciamos es una celebración que, si no es sagrada, trae con ella evocaciones de trascendencia porque esta sembrada de notas musicales y de palabras que transmiten esperanza y fuerza, asombro para seguir viviendo.
En ese reducido espacio del antiguo altar hay demasiada fuerza concentrada, mucha intensidad y mucha pasión. Resulta imposible despistarse. Todo funciona con una naturalidad espontánea que provoca una fusión entre público y actores que impide cualquier distracción. Ya no asistimos a una representación, estamos metidos en ella aunque permanezcamos mudos en nuestros asientos.
La música y la voz que nos llega y nos invade nos deja sin respiración; tal es la belleza, la capacidad de dejarte atrapado, aunque no sepamos expresarlo. Tal vez sea porque hemos perdido la inocencia y nos hemos rodeado de simulaciones. Nos hemos vuelto tan serios que nos da vergüenza expresar nuestras emociones.
El público:
Podríamos hacer muchas clasificaciones que separaran con mayor o menor exactitud a unos de otros, todos iguales y todos diferentes, pero no es la intención de este relato. Además, la exactitud no existe, todo son aproximaciones.
Al margen de lo que cada uno sea o de cómo se comporte en su vida diaria, fruto siempre de circunstancias, de capacidades y de voluntades, durante el tiempo de duración de este concierto he vivido el diferente comportamiento de tres claros grupos, diferentes unos de otros.
Uno de ellos, el más anodino, al que yo mismo pertenezco, el de los que ya hemos perdido la capacidad de sorprendernos, los que ponemos freno a nuestra espontaneidad, los que nos esforzamos en contener nuestras expresiones para “no hacer el ridículo”, para no llamar la atención; gentes algo cansadas de vivir, con muchos años acumulados en el carnet de identidad y, a pesar de ello, pendientes de utilizar el lenguaje más adecuado para demostrar nuestros saberes, para estar a la altura, para no quedar como lo que somos: ignorantes de casi todo.
Olvidamos que no somos dueños de nada, ni de nosotros mismos, porque todos somos vulnerables como una flor bajo el hielo, como una rama ante el vendaval incontrolado, como un copo de nieve bajo el sol ardiente.
Pensamos que nuestras capacidades son plenas, totales y diferentes a las de los otros, mejores por supuesto, pero la realidad es que somos más similares unos a otros y más aburridos que lo que nos parece, con pocas diferencias, sin vitalidades diferentes ni autónomas y, en este acto, solamente somos una escucha con apariencia de habitualidad, simulando dominar lo que escuchamos, de entender de lo que no sabemos para permitirnos opinar exhibiendo un conocimiento que no tenemos.
Un segundo grupo lo forman los músicos y los cantores, volcados con entusiasmo en su tarea, como si en ello les fuera la vida, haciendo vibrar teclas y cuerdas, incluidas las vocales, para regalar una interpretación provocadora, para romper barreras y llegar al corazón.
Son los magos de la representación, los artífices, los benefactores del resto: nosotros, los desvalidos.
Ente el primero y el segundo grupo, los que durante este tiempo, al menos, son los principales invitados, personas que se comportan con brillantez, de forma diferente a la nuestra, personas que con sus miradas ausentes o concentradas, intensas en cualquier caso, profundas como el misterio, nos dan un ejemplo de naturalidad, de la inocencia por nosotros perdida.
Todos esperamos el inicio del concierto con una actitud de prepararnos para lo que vendrá, nos miramos, intentamos reconocernos, hasta que la música rompe el ruido de los murmullos y se abre un nuevo momento, el acto que provoca la concentración, la densidad del aire.
A partir de ahí, algo estalla entre los asistentes, se pierden las formas y la compostura, brilla el genio y la sorpresa genera reacciones diferentes, la fría y silenciosa escucha entre nosotros, los tristes, y la exaltación del asombro entre ellos, los invitados, los especialmente brillantes en este momento.
Uno de ellos parece asombrarse como si estuviera descubriendo un mundo nuevo, tiene que llevarse la mano a los labios para taparse la boca, para que se perciba claramente o para tapar su asombro. No es una simulación, es un renacimiento a la luz, a la fuerza de las voces y la música que invaden el espacio. Así se lo quiere transmitir a su cuidadora y a todos nosotros.
En los pasajes más vibrantes, uno de ellos dirige con sus manos el ritmo y la potencia de las voces; no habla, pero siente el ritmo en su cuerpo, le agita y le hace vibrar. La música le rompe, le saca de su rutina y le hace sentir la vida en su piel. En este día, se produce en él un nuevo nacimiento.
Otro aplaude tímidamente en los momentos más bellos, capta la armonía y la manifiesta con sus manos, en silencio.
Otra fija su mirada inmóvil en una tierra de nadie, en un espacio que no le hiere, que le produce paz, mientras escucha la belleza que vuela sin cuerpo y sin alas por los recovecos de la estancia.
Otro observa las reacciones de sus compañeros y sonríe en un misterio de significados encerrados en esa sonrisa, inalcanzable para nosotros.
Nosotros, los apagados, los vencidos por la vida, incapaces de transmitir nada, intentando aprender a comunicarnos con algo más de espontaneidad, con menos medida.
Los desamparos ausentes:
Allí, en este alarde, se ha celebrado la vida.
No existe desamparo alguno. Si los había, han huido por un tiempo, expulsados por la belleza.
La música y las capacidades especiales nos han rescatado por unas horas.
Los brillantes de este día nos han rescatado de nuestro desamparo.
Pamplona, octubre de 2025.
Isidoro Parra

