Se le ve tiesa, alejada de todo, ajena a todo; a veces lo piensas, pero te mantienes al margen.
A veces hay que aprender a no ser tan, tan… y pedir permiso. A veces, a los adultos, nos parece obvio que nuestras intenciones son buenas. Y nadie duda de las intenciones, es sólo que… el cuerpo de cada cual se siente de forma diferente.
No hay dos formas de sentir iguales. No vale siquiera la misma respuesta para distintos días.
Hoy me levanto y necesito mi primer abrazo y me doy un achuchón porque no quiero cualquier achuchón. Ya no me vale cualquiera.
No solo quiero que alguien me rodee con sus brazos, quiero sentirlo a mi lado, y quiero saber si quiere jugar o no. Y quiero sentir que jugamos con las mismas reglas y no que yo desconozca intenciones, alegrías, enfados o indiferencias… porque a veces todo eso duele.
Hoy no quiero abrazos. Me siento lejos de mí y no quiero que nadie me recuerde que no estoy aquí. No quiero reencontrarme ni con mis idas ni con mis venidas. Hoy quiero sentirme lejos de todo, hacerme chiquita y simplemente desaparecer.
A veces no sé lo que siento, unas veces tengo ganas de reír o de llorar y seguido justo lo contrario; a veces siento que algo me roza por dentro, muy en lo profundo y no sé ponerle nombre; siento calor y frío a la vez, y me siento rara y si me acarician rompo a llorar, pero no por nada, nada especial, solo que es uno de esos días en los que no me dejo abrazar.
Pero está bien averiguar en que día vivo hoy, no solo día de la semana, que también, y número, que también, si no si mi alma necesita o no de una caricia y tomarme la libertad de pedir o decir que no, respetando esa intimidad quizás herida, en la que hoy me levanté; mañana a lo mejor es un día diferente.
¿Me dejo abrazar?
Cuando me siento segura, cuando estoy tranquila, cuando mi cabeza está calladita y hago oído sordos a miedos y cuchicheos.
¿Me dejo abrazar?
Pero me puedo sentir mal, y me violento y me incomodo, y pongo al otro por delante, para que no me quiera mal, y hago oídos sordos a mis alertas y a los avisos de que hoy mi cuerpo está dolorido, que hoy recuerda lo que tanto cuesta olvidar.
¿Me dejo abrazar?
Cuando sé poner nombre, cuando me siento dueña de mis reacciones, cuando me escucho, cuando tengo el frío justo, cuando soy yo la que quiero hacerlo… es complicadísimo abrazar sin dejarse hacerlo; cuando no me atosigan, ni me meten prisa, cuando me dejan libertad para equivocarme y meter la pata y pedir disculpas.
Cuando siento al otro de frente y sólo nos diferencia la altura en centímetros y no la altura a la que uno crea estar. Cuando se me mira de frente, y no por encima.
Me dejo abrazar cuando me dejan espacio para confundirme, cuando se acepta mi silencio o mis lágrimas o mis risas nerviosas… cuando no se me pide nada a cambio.
Si, a veces me cuesta dejarme abrazar… pero estoy aprendiendo.
Sonia Goyeneche

