Conversación entre Sofía, del canal Círculo Uróboros, y Phileas del Montesexto, seudónimo que significa “el amante del todo”. Phileas se define como un buscador y difusor: aquello que va descubriendo en su camino lo comparte.
DESTACAMOS:
Los rosacruces son parte de un movimiento esotérico y filosófico surgido en Europa en el siglo XVII, centrado en el conocimiento interior, la transformación personal y la búsqueda de la sabiduría universal. No funcionan como una religión, sino como escuelas iniciáticas que combinan simbolismo, misticismo, filosofía hermética y prácticas de desarrollo interior.
¿Qué es la Orden Rosacruz Iniciática? La Orden Rosacruz Iniciática busca aterrizar concepciones filosóficas profundas y expresarlas en un lenguaje accesible. Su intención es traducir lo complejo a un lenguaje comunicador, no excluyente.
Se trata de un conjunto de personas que comparten un mismo lenguaje simbólico y vibran con inquietudes similares, centradas en el estudio de la simbología rosacruz. Hoy aprovechan las redes y las nuevas tecnologías para difundir este conocimiento.
El conocimiento como práctica. Lo esencial no es solo adquirir conocimiento, sino ponerlo en práctica. Solo así puede comprobarse su validez. Cada persona tiene su propio camino y encuentra experiencias distintas según sus necesidades. Por ello, ningún camino debería ser juzgado.
El primer gran símbolo es precisamente el camino: un proceso que nos lleva de un punto a otro, lleno de desafíos y pruebas.
Una metáfora sufí habla de un camino cubierto por 70.000 velos. A lo lejos brilla una gran luz. Los velos deben levantarse uno a uno; si se retiraran todos de golpe, quedaríamos cegados.
El laberinto y la iniciación. El laberinto es otro símbolo fundamental. ¿Cuándo ocurre la iniciación: al comenzar el camino o al llegar al centro?
En el inicio ya está la potencia, la semilla, la llave. Ese comienzo abre una posibilidad a la que luego debemos responder. El camino consiste en morir a lo viejo y nacer a lo nuevo, quitarse vendas, ampliar la conciencia.
Aunque a veces se habla del despertar espiritual como algo súbito, suele tratarse de un proceso.
La llamada y la metanoia. En el “viaje del héroe”, desarrollado por Joseph Campbell, aparece la idea de una llamada que muchas veces es rechazada u olvidada.
La metanoia implica un cambio radical en la forma de concebir el mundo. Si me percibo como una unidad aislada, separada del resto y sometida al azar, veré todo como materia y casualidad. Pero también puedo interpretar que lo que me ocurre responde a mis necesidades profundas, que existe un propósito interior.
El símbolo y el rito. El rito es el símbolo en acción. Los símbolos se camuflan en obras de arte, películas, juegos o cuentos infantiles. Contienen múltiples capas de significado.
El símbolo conecta dimensiones distintas: tiene un sentido evidente, pero a medida que avanzamos en el camino vamos resignificándolo. Nuestra transformación modifica el diálogo que mantenemos con él.
Incluso organizaciones que han caído en la inercia pueden seguir siendo útiles para algunos de sus miembros.
Elementos y alquimia. Tierra, agua, aire y fuego se integran en el éter, la quintaesencia: símbolo central rosacruz.
El camino espiritual no es lineal, algo que el laberinto ilustra bien. A veces parece que estamos cerca del centro y luego nos alejamos.
“Conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses.”
Existe la idea de que somos seres que han perdido la memoria y deben recordar.
El olvido y el sentido del viaje. El olvido tiene su encanto: sin él no habría valentía ni posibilidad de cambio. Si supiéramos con certeza hacia dónde vamos y cómo llegaremos, la vida perdería su misterio.
Una vida sin obstáculos sería aburrida. El mal aparece como un desafío que fortalece, como el músculo en el gimnasio. Somos actores que, para interpretar nuestro papel, deben olvidar momentáneamente su identidad profunda.
No se trata de obsesionarse con el más allá, sino de afrontar los desafíos presentes con las cartas que nos han tocado.
Materia y espíritu: el puente. Somos seres de dos mundos: material y espiritual, pero no enfrentados. La alquimia propone “hacer fijo lo volátil y volátil lo fijo”: materializar el espíritu y espiritualizar la materia.
Somos el puente entre cielo y tierra. Materia, alma (como puente) y espíritu conforman nuestro rol en este camino-escuela-juego de la vida.
Atención, libertad y pensamiento propio. Toda persona que reflexiona inicia un camino. A veces la llamada aparece, pero intentamos silenciarla distrayéndonos. Sin embargo, las preguntas regresan.
Si no pensamos por nuestra cuenta, alguien lo hará en nuestro lugar. En un mundo saturado de estímulos, corremos el riesgo de convertirnos en meros receptáculos de la cultura dominante.
Sabiduría y mirada de niño. No debemos olvidar la sabiduría heredada de los antepasados.
El camino requiere contemplar la vida con curiosidad infantil, con apertura al misterio y disposición a redescubrir.
La invitación final es clara: pensar por una o por uno mismo, recordar quiénes somos y caminar con conciencia en este juego que llamamos vida.

