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CALMA, PAZ Y SERENIDAD (Sonia Goyeneche)

Estas tres palabras siempre había pensado que prácticamente eran lo mismo. Tres formas distintas, tres palabras diferentes para una sola definición, pero en la medida en que voy ahondando y descubriendo la vida que hay más allá del sufrimiento y del dolor, en ese proceso de descubrir lo que me vincula a la Vida, sí,  con mayúsculas, verdaderamente descubro matices sutiles que sitúan cada palabra en una experiencia de vida diferente y descubro también que, en realidad, aunque parecidas en lo aparente, en lo profundo poco tienen que ver.

Si buscas en Wikipedia la definición de calma, habla de ausencia de algo (estrés, tensión, ansiedad…) pero si te miras hacia adentro, desde ese lugar en el que nos habitamos, la calma queda, como en el mar, en la superficie.

Un mar sin olas es un mar en calma. Una tarde de verano con un buen libro frente a un atardecer, y una parece saborear la calma del momento. Desde nuestro lugar de intimidad, la calma se convierte en anhelo entre las prisas y las turbulencias de las rutinas.

Y como es algo que queda fuera de una, depende de muchos factores ajenos a una (cómo te miran, te hablan o dejan de hacerlo…). Una puede perder la calma y entonces se sitúa en ese punto en el que todo su cuerpo se vuelve tensión.

Con la palabra paz hoy en día tengo problemas. En el diccionario habla de la ausencia de conflicto, violencia, luchas, enfrentamientos. Y me surgen problemas porque no vivo en una ciudad que sea bombardeada cada noche ni me disparen por las calles; las garras violentas del hambre no me arañan, no me vigilan con drones, no vivo entre rejas ni empalizadas… Y sé que en este mundo, hoy, hay demasiada sangre derramada para frivolizar yo aquí hablando de vivir en paz. Me parece irresponsable e irrespetuoso incluso, quizás un tanto ingenuo ante una realidad tan desgarradora, aunque esté a kilómetros de distancia, definir simplemente la paz como un periodo entre conflictos. Y aunque en mi vida los hay, ni me quitan el sueño ni me matan ni me convierten en invisible. Hablar hoy de paz es de valientes, de gente con esperanza en el futuro. Y hablar yo de vivir en paz quizás es, para mí, un tanto maltratar una palabra que ya está siendo vapuleada en exceso.

Y entonces, sólo cuando me rindo a buscar sentido a esa sensación turbulenta en mí, ahondo lo que experimento y me topo con la sensación de serenidad profunda, que no pide mucho, que no rivaliza con nada.

Sentir serenidad es estar en casa, es estar centrada, despierta, atenta, con un fondo de silencio y respeto. La serenidad es una fuerza, una capacidad y por lo tanto puedo jugar a practicar, puedo alimentarla para que crezca, puedo sostenerla en un abrazo que abarca más allá de ausencias de tensiones o conflictos. Serenidad es cuando se busca, cuando se tantea y cuando se descubren los matices, los colores, los sabores de lo que vives, aportando diferencias a la hora de percibir, de interpretar y de hablar de lo que hay.

Quizás la serenidad se asemeja a algo pequeño como una semilla pero que, como ella, esconde, guarda y sostiene en su forma, en apariencia débil, las formas más diversas. Serenidad es lo que soy.

Toca descubrirlo, sentirlo, saborearlo también en esos días tristes y con niebla y en plena oscuridad, porque lo que soy siempre, siempre, está a salvo.

Sonia Goyeneche

Espiritualidad Pamplona-Iruña
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