Hace como tres meses falleció en Sangüesa una señora de 90 años que yo apreciaba: Adoración, a la que todos llamábamos Dora.
Bondadosa, entregada a su familia, a su pueblo y a su Navarra bien amada. Puede decirse que vivió para los demás. En su etapa final recibió, en forma de buenos cuidados de hijos y nietos, todo lo que ella les había dado en tantos años.
Alguien me enseñó una foto de dos manos, foto que encabeza este blog. La grande es su mano, marcada con los surcos de lo vivido, con esos dedos que son como ramas retorcidas de un árbol centenario. Yo también voy teniendo surcos en las manos y dedos arqueados.
Y la mano pequeña es la de su primer, y ya único, bisnieto. Ambas manos se tocan. Parecen transmitir de una forma misteriosa pero eficiente, el milagro, el testigo de la vida.
El pequeño justo gatea, pronto se pondrá de pie y recibirá de todo el entorno de la familia y de esta preciosa vida local, todos los aprendizajes que necesita para la gran travesía que le espera. El chaval, Xabi se llama, todavía no lo sabe. Pero siente, sin duda, el amor y el bienestar del contacto con su bisabuela. Y recibe de ella, en forma de caricia, la temperatura de su cuerpo y la luz y los distintos
olores de la habitación, las sonrisas amables, un poco emocionadas seguro, de quienes acompañan el momento.
“Dile guapa a tu bis…”.
“Mira, Dora, qué preciosidad nos viene…”.
La foto me ha conmovido y me enlaza con esos temas que son cada vez más importantes conforme acumulas años.
Y es que siempre andamos preocupados por la muerte y por si hay o no otra vida en otro “sitio” o aquí mismo, empezando de cero o no. Las ideologías, los mitos, pero sobre todo las religiones, han encontrado siempre en el tema un filón. Y las versiones dadas a lo largo de la historia son de lo más variopintas.
Como la cosa duele, la sociedad como tal se empeña en silenciar, ocultar, tabuizar la muerte y sus alrededores. De ahí el miedo.
Pero la cadena que forman Dora y Xabi y las dos generaciones intermedias viene de muy lejos. Esa cadena es la vida:
“Y yo soy parte de una cadena temporal que nunca se rompió, desde el principio de los tiempos”.
Nuestro problema es si nos identificamos con el personaje que estamos representando a lo largo de los años o, por el contrario, nos identificamos con lo que somos en profundidad, la vida misma.
Porque el personaje es mortal, cierto, pero con la misma certeza podemos afirmar que la Vida permanece. Y si nos vanos identificando, paso a paso, con la Vida, seremos parte de la cadena imperecedera.
Es más, cada uno de nosotros aporta lo suyo para el desarrollo de la Vida.
He de decir que percibo todo ello como entre nieblas. Porque no tenemos certezas de la forma, ni de la validez de nuestras categorías de espacio/tiempo, ni tampoco sabemos bien qué es la materia, la corporeidad, menos todavía la mente y el anhelo espiritual que nos sobrecoge. En realidad, por no saber, sabemos bien poca cosa. Pero una cosa hay cierta: todos los seres forman parte de la cadena y todos aportan a lo largo de sus años.
Nuestro Xabi es eslabón unido de cerca a Dora, que se despide una vez cubierta su etapa. Xabi, tardará años en comprender todas estas cosas. Y cuanto más aprenda, verá que sabe menos, pero también sabrá que puede ser feliz con las cosas que la cadena le ha dejado: el amor de su familia, la comunidad de los vecinos del pueblo, la historia de su tierra y su gente, el planeta azul, forjado en miles de millones de años.
Al fin todo se ha juntado para que Xabi continúe todo lo que ha sido la vida de Dora y de sus hijos y nietos.
No podemos tener miedo a la muerte, solamente el personaje caduco puede tenerlo.
Confieso que, en este camino, le estoy perdiendo el miedo e incluso el respeto a la muerte.
Tomo prestadas estas palabras del monje budista vietnamita Thich Nhat Hanh:
Le pregunté a la hoja si tenía miedo porque el otoño había llegado y las
otras hojas empezaban a caer. La hoja me dijo: No, no tengo miedo.
Durante toda la primavera y el verano estuve muy viva. Trabajé y ayudé a
nutrir al árbol y gran parte de mí misma se encuentra en este árbol. Por
favor, no digas que sólo soy esta pequeña forma, porque la forma de
hoja es sólo una pequeña parte de mí. Soy todo el árbol. Sé que estoy en
el árbol y que, cuando vuelva a la tierra, continuaré nutriendo al árbol.
No, Dora, tampoco tú eres esa pequeña forma que ha sido.
Tú, Dora, Xabi, todos nosotros, somos La Vida.
Ecequiel Subiza Pérez

