Hay un momento en todo viaje en que el mapa deja de responder a las preguntas del caminante. No porque esté equivocado. No porque haya perdido su valor. Simplemente porque el paisaje comienza a revelar matices que ningún dibujo pudo anticipar. El mapa sigue siendo verdadero. Pero ya no es suficiente.
Creo que algo parecido ocurre en la vida espiritual de una persona. Durante mucho tiempo caminamos confiando en los mapas que otros nos entregaron: las palabras heredadas, las imágenes de Dios, las creencias que dieron sentido a nuestra historia, los símbolos que aprendimos a amar.
Gracias a ellos dimos los primeros pasos. Nos orientaron cuando apenas sabíamos caminar. Sería injusto olvidarlo. Pero llega un instante —silencioso, casi imperceptible— en que la experiencia comienza a desbordar las explicaciones. No porque la razón falle. No porque la fe desaparezca. Sino porque el Misterio siempre resulta más amplio que cualquier intento de describirlo.
Entonces nace una inquietud nueva. Seguimos caminando. Pero ya no buscamos otro mapa. Buscamos aprender a mirar el paisaje. Descubrimos que el territorio siempre fue infinitamente más rico que las líneas trazadas sobre el papel. Y comprendemos que los mapas no fueron hechos para sustituir el camino, sino para invitarnos a recorrerlo.
Tal vez por eso elegí el título para esta publicación. No porque crea haber encontrado un mapa mejor. Sería caer, una vez más, en la misma ilusión. Lo elegí porque expresa, con sencillez, lo que he vivido: un momento en el que el mapa con el que había recorrido buena parte de mi vida espiritual dejó de ser suficiente para contener la amplitud de mi experiencia. No dejó de tener valor. Sencillamente, el horizonte comenzó a crecer.
Las líneas que siguen no son el relato de alguien que ha llegado. Son el testimonio de un caminante que continúa avanzando, agradecido por los mapas que lo guiaron y, al mismo tiempo, dispuesto a adentrarse en aquellos lugares donde ningún mapa puede reemplazar la experiencia de caminar. Porque hay paisajes que solo se comprenden cuando uno se atreve a recorrerlos. Y hay verdades que únicamente se revelan cuando el mapa deja de ser suficiente.
No escribo estas líneas para enseñar. Tampoco para convencer. Mucho menos para proponer una nueva doctrina, ni nada por el estilo. Escribo, ante todo, porque necesito comprender.
Durante los últimos años he sentido que algo profundo se iba transformando en mi manera de vivir la espiritualidad. No fue un cambio brusco. Fue un lento desplazamiento, casi imperceptible, como cuando la noche comienza a ceder y todavía no sabemos si aquello que vemos pertenece a la oscuridad o al amanecer.
Participé en cursos y talleres, leí a hombres y mujeres que pusieron palabras a intuiciones que yo apenas alcanzaba a vislumbrar. En ellos encontré preguntas antes que respuestas. Descubrí una manera distinta de acercarme al Misterio. Poco a poco comprendí que aquello que durante tantos años había llamado “Dios” ya no podía ser reducido solo a las imágenes con las que había aprendido a nombrarlo. No sentí que abandonara la religiosidad ni la espiritualidad. Sentí que la nueva espiritualidad que descubrí me invitaba a seguir avanzando y respetando a aquellos que continuaban en el otro camino.
Sin embargo, ese descubrimiento abrió nuevas preguntas.
* ¿Qué diferencia existe entre una espiritualidad teísta y una espiritualidad post-teísta?
* ¿Qué significa realmente la mística?
* ¿Puede una espiritualidad post-teísta desembocar en una experiencia mística? ¿O la mística pertenece exclusivamente a las tradiciones teístas?
Estas reflexiones nacen, en primer lugar, de la necesidad de aclararme a mí mismo sobre estas cuestiones. Escribir ha sido mi forma de clarificarme: prestando atención a mis emociones, a mis sensaciones corporales y a aquellas con contenido psicológico para que, profundizando en ellas, pueda descubrir lo que todavía ignoraba sobre mí mismo.
Pero existe una segunda razón. También tenía la necesidad de comprender mi propio proceso. Mirando hacia atrás descubro que no he cambiado simplemente de ideas. Ha cambiado mi manera de mirar.
– Antes buscaba respuestas. Hoy veo que intento cultivar una presencia.
– Antes quería llegar. Hoy sospecho que el camino desaparece cuando dejamos de caminar hacia alguna parte.
– Antes creía que el despertar consistía en descubrir algo nuevo. Hoy intuyo que consiste, más bien, en dejar caer aquello que impedía ver lo que siempre estuvo presente.
Más allá de estos cambios, siento que escribo también porque deseo reconciliarme con mis propios errores.
– He confundido muchas veces las creencias con la realidad.
– He defendido ideas como si fueran verdades absolutas.
– He creído comprender cuando apenas comenzaba a asomarme al Misterio.
– He descubierto que el ego posee una capacidad casi infinita para disfrazarse de certezas, de falsas humildades, de compromiso religioso o incluso de buscador espiritual.
No reniego de ese camino. Lo agradezco. Porque también esas equivocaciones me trajeron hasta aquí.
Y, finalmente, escribo para compartir. No para convertirme en maestro. No para ocupar el lugar del sabio. No porque crea haber encontrado respuestas definitivas. Escribo porque sospecho que hay otras personas caminando por senderos parecidos.
– Personas que sienten que las palabras heredadas ya no alcanzan.
– Personas que aman profundamente la espiritualidad y, sin embargo, necesitan respirar fuera de ciertos marcos.
– Personas que intuyen que el Misterio siempre es mayor que cualquier explicación.
Si alguna de ellas encuentra en estas líneas preguntas semejantes a las suyas, quizá podamos reconocernos. No para pensar igual. Sino para acompañarnos.
No espero que el lector llegue a las mismas conclusiones que yo. De hecho, desconfiaría de un autor que pretendiera conducir a todos al mismo lugar. Me bastaría con que estas reflexiones inviten a detenerse un momento, a mirar con honestidad la propia experiencia y a escuchar esa voz silenciosa que suele quedar cubierta por el ruido de las certezas.
Porque, si existe una verdad capaz de transformar la vida, probablemente no sea aquella que uno consigue demostrar, sino aquella que uno se atreve a vivir.
Con el paso de los años he dejado de creer que la búsqueda espiritual consiste en acercarse a Dios. Hoy me pregunto si no será, más bien, el lento descubrimiento de que nunca estuvimos separados de aquello que buscamos.
Cierro este escrito con el mismo mapa con el que lo abrí, pero ya no lo miro de la misma manera. Quizá esa sea la única transformación que realmente importa: descubrir que el territorio siempre fue más amplio de lo que alcanzábamos a imaginar.
– Jorge E. Vázquez – 29.7.26

