El mejor consejo que me han dado últimamente es que me quedara allí donde pudiera descansar, allí donde pudiera dormir tranquila, allí donde pueda caminar descalza y pueda sentir la brisa a mi alrededor.
Y es un buen consejo porque me anima a descubrir cuál es ese lugar donde puedo bajar la guardia, donde mis pies puedan apoyarse enteros en el suelo sin forzar a mis talones a estar siempre alertas, suspendidos en el aire para echar a correr.
Es buen consejo porque me recuerda algo que me ha costado aprender y comprender: que no es posible crecer sanamente en estado de supervivencia. Que vivir alerta, además de agotador, te limita la visión del mundo, te limita a creer en pocas cosas, te limita a pequeños agarraderos y te impide caminar tranquila sin vértigo, sin voltearte una y otra vez para vigilar que te siguen o te persiguen, la mayoría de las veces, fantasmas del pasado, que, aunque entre susurros me repito, una y otra vez, que hoy no pueden hacerme daño, mi niña interior con sus heridas abiertas se resiste a perder el control de lo que para ella fue real.
Es un buen consejo porque me recuerda que es mi responsabilidad, no obligación ni deber, sino responsabilidad (que es quizás la respuesta natural al compromiso que tenemos con nosotras mismas de forma consciente), mi responsabilidad de gestionar, de crear, de cuidar, de mantener un espacio de descanso para mí, donde se detengan, se paralicen mis intentos constantes de fuga hacia adelante, hacia atrás, hacia afuera…; donde me sienta tan a salvo que abandone la lucha, la resistencia constante que agota y desgasta y me aleja de lo posible y me enreda con lo de siempre, eternamente conocido.
Es un buen consejo, aunque guía mis pasos y me coloca allí donde lo conocido se vuelve turbio y la luz abunda en lo desconocido, allí donde la incertidumbre es entendida, allí donde todo se vuelve impermanente porque nada es eterno, allí donde la intuición es el pasamanos que no es tan tangible como el control, pero me trae una y otra vez al presente.
Es un buen consejo, aunque anima a cambiar, a abandonar la cueva eternamente conocida, desde siempre, en la que mi niña se siente cómoda, donde mi ego es el que dirige y mi mente es la que marca el camino. Me anima a cambiar y abandonar, y dejarme ir, fluir con lo que es, lo que soy… silencio y quietud, como única verdad, como lo único capaz de sostenerme.
Es un buen consejo, me guste más o menos, porque me recuerda que reconocer lo que me da paz es la mejor manera de cuidarme y de quererme.
Es un buen consejo, un muy buen consejo porque me recuerda que yo ya he decidido abandonar la supervivencia y he decidido también volver a casa. Viajar solo hacia adentro, donde la vida es blanda y serena y donde una encuentra no solo el impulso vital, sino una forma de estar en la vida despierta y atenta.
Es un buen consejo eso de quedarme donde puedo descansar, porque solo donde soy abrazada por el silencio y la quietud… simplemente soy.
Sonia Goyeneche

