En un pueblo remoto de México, la fiesta anual de la cosecha había dejado de ser una simple tradición local. La fama de su maíz, considerado inigualable por su calidad y sabor, había cruzado fronteras, atrayendo incluso a curiosos y expertos de estados vecinos. Sin embargo, aunque la expectación crecía cada año, el resultado del concurso principal parecía estar escrito de antemano: el trofeo siempre acababa en las mismas manos.
Aquel día, la presencia de la prensa era notable. Cuando el presentador anunció de nuevo al habitual ganador, este subió al podio con una sonrisa ancha pero tranquila. Desde hacía varios años, el mismo hombre subía al podio entre aplausos. No era alguien que buscara la atención. Tenía manos encallecidas, pocas palabras y esa forma de mirar el suelo que tienen quienes pasan más tiempo con plantas que con personas. No era hombre de discursos; sabía que la elocuencia no era su fuerte. Tras agradecer brevemente el premio, hizo algo que desconcertó a los recién llegados: tomó un gran puñado de sus granos galardonados, esas semillas perfectas que le daban la victoria, y bajó del escenario para repartirlas gratuitamente entre los demás agricultores, sus competidores directos.
Las cámaras no dejaban de disparar fotos, capturando lo que parecía un acto de bondad extrema. Un periodista, que llevaba años cubriendo el evento y había visto repetirse este ritual, se acercó al hombre, incapaz de contener la curiosidad ante tal desprendimiento.
—Es admirable —le dijo—. Lleva años ganando y aun así regala sus mejores semillas a la competencia. ¿Por qué lo hace?
El agricultor lo miró con la naturalidad de quien explica que el agua moja.
—No se confunda, no es ningún mérito ni lo hago por bondad —respondió con firmeza—. Es pura necesidad. El viento transporta el polen de un campo a otro. Si mis vecinos cultivan un maíz de mala calidad, la polinización cruzada degradará inevitablemente mis propios cultivos. Para que mi cosecha sea excelente, necesito que la de ellos también lo sea. Si ellos pierden calidad, yo también la pierdo.
La respuesta del agricultor desarma nuestra lógica habitual. Estamos acostumbrados a ver el mundo como un tablero de ajedrez donde las piezas están separadas: mi éxito contra tu fracaso, mi ganancia a costa de tu pérdida. Vivimos convencidos de que podemos construir muros lo suficientemente altos para proteger nuestro jardín mientras el del vecino se llena de maleza.
Sin embargo, la naturaleza, que no entiende de fronteras humanas, nos cuenta otra historia. Lo que el agricultor comprendía instintivamente es la esencia misma de la No dualidad: la interconexión es tan absoluta que la idea de un “yo” aislado e independiente es, en el mejor de los casos, una ilusión, una falsa percepción.
El viento no se detiene ante las vallas de propiedad. El polen viaja libre, ignorando quién es el dueño de la tierra. En este sistema vivo, no existe tal cosa como un evento aislado. Creer que podemos prosperar individualmente en un entorno que se deteriora es no entender las reglas del juego.
La inteligencia de la Unidad
A menudo confundimos esta comprensión con altruismo moral o sacrificio. Pensamos: “Qué bueno es este hombre que ayuda a los demás”. Pero si escuchamos atentamente sus palabras, vemos que no se trata de moralidad, sino de inteligencia. Es una visión lúcida de la realidad.
La perspectiva de la No dualidad nos invita a ver que la separación entre el “yo” y el “otro” es funcional, pero no real. Al igual que los campos de maíz, nuestras vidas están sometidas a una polinización cruzada constante. Tu bienestar emocional, tu seguridad o tu paz mental no son burbujas herméticas; dependen intrínsecamente de la salud del entorno en el que respiras.
Ayudar al “otro” deja de ser un acto de caridad para convertirse en un acto de autoconservación, porque en un nivel profundo, no hay “otro”. Cuidar la calidad del campo vecino es la única forma de asegurar la calidad del propio. Lo que le das al mundo, inevitablemente, regresa a ti no por karma mágico, sino por pura física de sistemas interconectados.
El agricultor no necesitaba libros de filosofía para entender que la unidad es la base de la supervivencia. Sabía que la excelencia no puede ser solitaria.
Quizás valga la pena detenerse un momento y mirar nuestras propias “vallas”. En nuestras relaciones, en nuestro trabajo o en nuestra comunidad, a veces nos aferramos a nuestras mejores semillas por miedo a perder ventaja. Pero si el viento sopla para todos, ¿tiene sentido proteger una pequeña parcela de perfección rodeada de decadencia?
Tal vez la pregunta real no sea cómo proteger lo tuyo, sino comprender que, en un mundo sin costuras, la palabra tuyo es la única frontera que queda por derribar.
Autor desconocido. Tomado de https://omniainuno.com/el-mejor-maiz-o-c/7026/

