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EL PINO CANARIO – Sonia Goyeneche

El paisaje que te acerca al Teide en Tenerife es sobrecogedor por muchas razones.

Estar en una isla, en la playa con los pies en el mar y subirte a un bus que a buen ritmo y por un camino serpenteante te va acercando a la montaña más alta de España puede verse como una excursión y también como una aventura. Y el camino, según como lo mires, te desvela los secretos de la misma vida.

Subes a una altura en la que dejas las nubes a tus pies; de hecho, los guías lo llaman mar de nubes y las casas, los pueblos y el océano quedan bajo ese manto blanco. Es como subir a otro nivel. Y el paisaje de las laderas también va cambiando.

Primero los pinos. Bosques de pinos más o menos frondosos que van disminuyendo de volumen hasta desaparecer, porque allí donde para el bus, a la falda del Teide, poca vegetación nace y sobrevive, por el mal de alturas que le dicen.

Y dejas un paisaje para pasar a otro de rocas rojas, negras, restos de lenguas de lava de erupciones no observadas. Como si pasado el mar de nubes, la vida cambiara de forma totalmente.

La mente observa y entiende, y el cuerpo calla y comprende que lo que está a su alrededor forma parte del misterio de la vida, aunque la ciencia sepa explicarlo.

Pero lo que me llamó poderosamente la atención fueron los pinos: largos, desnudos en su parte baja y con algo de verde en sus copas. Arrasados por algún incendio de esos que llenan nuestros telediarios por unos días en verano para luego caer en el olvido. Pero allí están los pinos canarios, ennegrecidos, con parte de su tronco quemado por el fuego; pero se les ve erguidos, no se han encorvado por el dolor ni el humo, son supervivientes natos. Han aprendido a guarecerse de la mano de la humanidad para, debajo de su corteza, salvaguardar los canales que ascienden la savia que regenera la esperanza, de forma que sus copas vuelven a ser verdes.

El pino autóctono canario ha aprendido a sobrevivirnos. Y quizás en aquellas laderas son un signo de que la vida, si se resiste con sentido, se sigue viviendo. Verlos me traía la palabra resiliencia a la mente.

Mantenerse en pie, sin doblegarse, mirando de frente y buscando en el interior de uno mismo la fuerza para seguir con lo que hay, de forma nueva, diferente, pero sin perder su identidad.

Otros pinos han sido plantados, alrededor y entre éstos, pero el fuego pudo con ellos.

Quizás es verdad que la tierra de cada quién da fuerza y alza a cada quién. Pero, de la misma manera, también es verdad que quizás el hecho de que fueran considerados extranjeros o extraños los condiciona a sentirse ajenos. Y tan malo es creerse lo que la mente nos dice, como dejarse estar, sin conocer ni empaparse del terreno y el contexto en el que hoy estás de pie, porque la vida me trajo hasta aquí, o conformarse con el “yo soy así”. Y también es malo no dar tiempo, ni tener paciencia, de que cada cual se haga su hogar allí donde planta sus pies.

Quizás los pinos canarios pueden enseñarnos mucho de la vida, pero sólo si queremos escucharlos. Si nos paramos, observamos y callamos.

A mí en la subida, y a la vuelta de la excursión, me susurraron la palabra resiliencia y me abrieron un interrogante que quizás tengo que elaborar.

Sonia Goyeneche

Espiritualidad Pamplona-Iruña
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