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LA MEDITACIÓN NO DESPIERTA, LA BOFETADA SÍ (Jordi Casals)

La mayoría de las veces, el despertar aparece porque la vida te da una buena bofetada. Un golpe seco, cargado de realidad, que desarma al personaje, desmonta los cimientos de la historia y deja al ego desnudo y sin palabras. Una ruptura, una pérdida, una traición, una enfermedad. Un impacto emocional que no sabes gestionar y que te descoloca tanto que, por un momento, se cuela algo. Y entonces… crack. Se abre una grieta por donde ver.

Ahora bien, que se abra una grieta significa que tienes la oportunidad de despertar, no que lo vayas a hacer. Ante el impacto, lo habitual es que aparezcan tres posibles respuestas: negar, justificar u observar.

Negar es rechazar lo que sientes, rehuir la evidencia de que no tienes el control. No querer ver que actúas como una máquina programada, que te duele lo que no entiendes, que repites patrones que juraste no repetir. En vez de asimilar lo que ves, reaccionas negándolo. Buscas culpables, llenas el hueco con ruido, actividades o incluso con prácticas «espirituales» para calmarte sin tocar lo que duele. Discutes con alguien, sientes rabia al no ser tomada en cuenta, dices lo que no querías decir, y al día siguiente olvidas cómo funcionas dirigida por la rabia y lo tapas culpando al otro: “Ella me sacó de quicio”. Y así sigues. Negar es cubrir la grieta con una falsa creencia mientras dentro sigue presionando todo.

Cuando justificas lo que ha pasado, lo explicas tan bien que no hace falta cambiar nada. Rebajas tus expectativas internas hasta que encajen con tus comportamientos mecánicos. El ego sigue al volante, pero ahora con frases dulces. Todo está bien tal como es, esto me ha pasado por algo… Y mientras tanto, postergas lo que importa, te escapas de relaciones, abandonas proyectos con la excusa de que si no fluye, es que no toca. En realidad, no estás rindiéndote, estás justificando tu miedo, tu pereza o tu juicio, pero disfrazados de conciencia. Te comportas de forma egoísta con tu familia y lo llamas poner límites. Dices cosas hirientes y lo vendes como autenticidad. Ves, pero no haces nada con eso. Justificar es convertir la evasión en una virtud. Usar la espiritualidad como pomada.

Y luego está la tercera posibilidad: observar desde el espacio que abre el crack. No es la más habitual, ni la más cómoda, pero es la que lo cambia todo. Ves tu mecanicidad, la mente reaccionando a toda velocidad, buscando culpables, inventando excusas, queriendo huir. Y si tienes el coraje de quedarte ahí, mirando a través de la grieta, empieza tu camino espiritual.

Llevas la atención al cuerpo, con interés. Prestando toda la atención, lo recorres como si no hubiera otra opción. Es verlo sin huir, no pensar sobre lo que pasa ni analizarlo. No es escribirlo en un cuaderno ni hablarlo con alguien. Es ver cómo funciona el cuerpo y sentir lo que se mueve en él, sin contarte una historia ni ponerle nombre. Sientes la rabia y no actúas desde ella, solo la miras. Sientes el miedo y no corres. Te quedas. Sientes la tristeza y no buscas consuelo, sino que la abrazas. Y eso basta.

Porque en esa mirada sin interpretación empieza a aflorar otra vibración. El cuerpo sigue reaccionando, pero no te confundes con él y eso es libertad. Observas la reacción automática sin ser ella y, entonces, sin esfuerzo, algo empieza a cambiar. No lo provocas ni lo diriges tú. Es como si la conciencia, al mirar con honestidad, ordenara el sistema por dentro. Como si algo más profundo empezara a hacerse cargo. Y el cuerpo fuera amoldándose a ese nuevo espacio.

Y sí, después puedes meditar, hacer terapia, escribir o compartir. Pero solo si antes has tenido el valor de aprovechar la bofetada. Porque si no, es maquillaje. Es leer a Eckhart Tolle mientras tu cuerpo sufre y no quieres sentirlo. Es jugar a la espiritualidad sin dejar que te transforme. Lo que cambia una vida no es la práctica, sino el impacto. Y lo que cambia el impacto no es el golpe, sino qué haces cuando se abre la grieta.

La próxima vez que la vida te zarandee -porque lo hará- no corras a meditar o a apuntarte a un nuevo retiro. No recites frases ni digas que “todo es perfecto” o “que esto también pasará”. Solo mira y observa desde aquí. Recorre con renovado asombro cada rincón de tu cuerpo y mantente observando mientras está funcionando. A lo mejor este es el golpe certero. El que, por fin, deja pasar la luz.

Tomado de https://datelobueno.com

 

Espiritualidad Pamplona-Iruña
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