Es una premisa, y una creencia muy arraigada en mí, que no solo he tenido presente durante casi toda mi vida, sino que hoy puedo reconocer que me la inculcaron, me la han esculpido, grabado con cincel y maza durante demasiado tiempo. Me costó, pero aprendí.
Aprendí a vivir alerta, porque eso es lo que busca la frasecita hecha creencia. Que una no se debe relajar, que debe vivir siempre en alerta, tensa, esperando que lo peor que puede pasar pasará. Y una se acostumbra. Durante demasiado tiempo, aquello de que lo bueno no dura se hacía efectivo leyendo un instante u otro como un terrible suceso que acontecía porque te habías despistado y te habías confiado… en los tiempos de bonanza.
Qué cuesta arriba se vive así, la vida que no sabe de cuestas.
Qué dura se vuelve la realidad cuando la realidad es solo una, intangible, impermanente, intocable
Que fácil así: una descubre que vivir con el ceño fruncido es fácil y no agota, porque así una está prevenida. Las rutinas, por muy aburridas que parezcan o por novedosas, nos hacen caer en cuentas y en los fondos tenebrosos, de los que una y otra vez una tiene que salir con el ceño fruncido, con cierto cabreo en la mirada, con la sonrisa vacía y hueca, y con cierto fondo oscuro. La frustración asoma rápidamente. La rabia viene de la mano de la tristeza y la apatía vuelve a acampar a sus anchas porque ya te avisaron, te lo dijeron mil veces… que de las etapas tranquilas tenías que desconfiar. Y no terminas de aprender. Te empeñas en no aprender aquello de que “lo bueno no dura”. La vida es dureza, es sufrimiento, lo efímero es lo eterno y el tiempo tormentoso es lo habitual. ¡¡¡Te guste o no!!!
Ahora comprendo de golpe mi miedo a la quietud, a lo sereno, al silencio…
Llevo demasiado tiempo huyendo de conectar con la incertidumbre. Ahora cobra sentido con fuerza aquello de temer tanto lo impermanente, porque no dejan de ser conceptos que me hablan de vivir y mantenerme en estados de alerta. Vivir en alerta no deja de ser una forma de estar en la vida, con una fuerte sensación de estar entre perdida y atrapada.
Vivir alerta es ver en cada cosa de tu alrededor un peligro que descoloca, desborda, que desequilibra y, peor aún, que hunde en una miseria en la que una termina por acomodarse… porque ya dicen que “más vale malo conocido que bueno por conoce”r.
Vivir en alerta es vivir siempre en tensión, viendo peligros en cada movimiento, viendo enemigos en cada persona que se acerca; es dejarse someter por el miedo y el odio, y aprender a tener que odiar… porque así es más fácil y una se rinde a un “es lo que hay”.
Vivir alerta es olvidarse de vivir y mantenerse en los umbrales de la supervivencia, donde una nunca se encuentra ni se escucha, y toda la atención está hacia afuera, muy mal enfocada.
Vivir alerte es morir un poco en apariencia, es protegerse y aislarse, es morir un poco más cada día y es acepar lo irreal y lo imaginario como única verdad…
¡¡Dios… qué equivocada he sobrevivido!!
Un día todo se cae. Y te quedas desnuda, sin nada… Y caes en la cuenta de lo equivocada que estabas. El día que la quietud y el silencio te muestran otra forma de vivir, de mirar, de escuchar.
Cuando descubres que la quietud y el silencio no son algo que te pertenecen, descubres que no puedes perderlos; cuando descubres que no puedes poseerlos, despiertas del sueño de lo aparente y dejas de enredarte y vivirte atrapada entre conceptos que definen una vida imposible de vivir, porque la vida no se expresa en palabras, la vida late, y fluye… Siempre se respira, se inspira y se exhala. Y te das cuenta del tiempo perdido, de lo desaprovechado, de lo no aprendido (aunque sean trampas de tu mente) y una se sabe incómoda, y se siente harta… Y viene a la mente de nuevo aquello de que “lo bueno no dura”…
¡Sacúdete! ¡Respira hondo! No te dejes engañar de nuevo, no te distraigas… Busca lo simple, lo sencillo. Quietud y silencio soy. Y es la única verdad que sostiene, sentida, que late por dentro, no pensada ni susurrada al oído.
Ni lo bueno ni lo malo permanecen más allá de lo que una es capaz de estirar. Y vida es… y nada más. Las etiquetas las pone la mente. Y no quiere perder el control.
Y el miedo se disipa. La rabia no tiene cabida; mirar para atrás, recordar o soñar son solo enredaderas de nuestra mente por controlar lo que está escrito a fuego en una mente colectiva, cultural y social.
Pero tú, en silencio y quietud, siempre estarás más allá de los conceptos. O quizás no, porque lo único que vale es lo que eres. Y eso nada ni nadie te lo puede quitar
Tras descubrir que eres quietud y silencio una, por mucho que se empeñe, no puede volver a vivir en estado de alerta… Se abre un nuevo tiempo, un nuevo lugar…
Y ahora toca conquistarlo.
Sonia Goyeneche

