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TALLER SANANDO HERIDAS II, JUNIO 2021 (Simone)

En junio participé de un taller del que han nacido dos blogs, el primero publicado en el Novedades 206. Estos dos momentos nacen de la experiencia no solo del taller, sino de los ecos que han movido por dentro y de las conexiones que se pudieron realizar a partir de ese momento. Hablan de madurez, hablan de proceso y hablan de vida que se está despertando en mí, aceptando cualquier cosa como maestro, pero no teniendo a nadie como maestro único… porque maestra es la vida y la sabiduría. Y yo, como todo el mundo, estoy empapada de ambas.

Sobre el perdón…

Perdón, como aceptar, son decisiones que se toman en un momento. Y después solo queda vivir conforme a ello, esperando que la plenitud, que la hondura del perdón llegue… Vivir como si ya fuera real y, a la vez, sin que sea contradictorio, esperando. Porque llegará cuando la comprensión nos toque, nos roce en nuestra hondura.

Siempre a vueltas con el perdón.

Siempre con una sensación rara.

El silencio es lo que marca la diferencia, porque la vida silenciada cambia hasta donde una no cree posible cambiar…

El camino del perdón no es sencillo. Es complicado, es desmotivador y cíclico. Porque de alguna manera siempre vuelves al principio y, a veces, vivo demasiado enredada, entre curvas y despistes que no llevan a ningún sitio.

La vida es movimiento, constante movimiento, pura vibración. Queramos o no. Nos resistamos más o menos… la vida sigue imparable.

Dicen que el camino se hace al andar. Y, digo yo, que a perdonar solo se aprende en el camino, en la experiencia de perdonar.

Primero una se sacude los prejuicios, vengan de donde vengan. Nadie fuera de mí puede devolverme la paz ni darme la calma, con esas cosas tan revueltas, escondidas y obstáculos a la vez.

Y no fue un paso fácil. Pero se hizo, y lo sigo haciendo.

Después, hay que buscar la forma de conectar con la capacidad de pronunciar los secretos que no quiero perdonar; algunos para mí sola, otros en “lugares de intimidad”… Solo allí donde la confianza y la libertad crean esa red de seguridad que una necesita cuando se desnuda al hablar.

Mi sabiduría, muy dentro de mí, desde hace mucho me susurra muy bajito que “solo perdonamos aquello que no odiamos”. Y aquí sí, el silencio y la quietud sostienen a aquello en mí que se siente al borde del abismo.

En esos momentos perdonar no es fácil ni agradable, no hay esfuerzo que valga, no hay puños por apretados que estén que acaben ni con la rabia ni con la frustración…

Entonces, solo entonces, aquello de “nada que hacer” cobra sentido, cuando solo hay que mirar, hay que dejar estar, hay que dejar ir.

Hay que soltar los nudos que aprietan por dentro y que son obstáculos… Pero esos nudos hay que amarlos para desatar lo que une el pasado y el presente, o el presente y el futuro.

Solo desde un ser aquietado que usa la mente más allá de rumiaciones y pensamientos.

Solo desde un ser aquietado desde el silencio que nace desde dentro y desde fuera de este cuerpo.

Solo así una es capaz de mirar lo profundo con otra mirada. Los ojos siempre serán los mismos, los recuerdos no pueden cambiar, pero sí la mirada. Y ella es capaz de transformar lo que nunca parecía que pudiera siquiera ser rozado.

Y perdonar, entonces, se vuelve proceso que vuelve a la memoria una y otra vez, construyendo en el hacer y deshacer, esperando, siempre esperando, que la comprensión que somos nos muestre todo lo que somos y nos enseñe, me enseñe, a querer todo lo que soy.

Simone