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BELLEZA (Simone)

Ando últimamente ocupada en responder a la pregunta de cómo sostener algunas cosas en el día a día. Liada buscando cómo gestionar las sensaciones nuevas que van despertando por dentro miedos y dudas nuevas, que me acercan a lugares de vértigo.

Espero y escucho, como si desde fuera pudiera aparecer una receta especial. Y dejo que palabras conocidas resuenen distinto por dentro: confianza, fidelidad, coherencia… Y sigo escuchando y esperando que algo conecte y me deje experimentar el descanso de saberme, de sentirme sostenida.

Pero no pasa nada.

Un día resonó la palabra belleza, y la dejé pasar. Después de todo, ¿qué tiene que ver la belleza con sostener? Pero volvió a sonar y resonar, hasta convertirse en un susurro, en un murmullo.

No entendía nada. Pero esperé y escuché. Al cabo de unos días me encontré en los pasillos del centro donde trabajo a una chiquita con una cara de felicidad, con una sonrisa desde los ojos hasta los labios que me hizo pararme junto a ella y dirigir mi mirada hacia donde estaba mirando. Una pared. Puedo jurar que en un principio no vi más allá de la pared azul y una flor de papel llena de defectos. Y la volví a mirar a ella. Me cogió la mano y, señalando la flor, dijo: “Qué pesiosidad”. Y yo escuché: qué preciosidad. Y volví a mirar la flor.

Dicen que la belleza no está en lo que se ve sino en los ojos de quien ve. Y mis ojos no deben estar preparados para ver belleza cuando me entretengo tanto en encontrar los defectos. Descubrí, sin embargo, la necesidad de aprender a mirar más allá de las apariencias (que ya me lo sabía) y de recuperar o de abrirme a la sorpresa. Dejar de poner nombre a cuanto observo y, aunque suene absurdo, sonreír. Pararme, no andar deprisa, no pasar de largo … y sonreír. Descubro cómo me predispone, cómo me coloca en otro lugar donde las palabras pierden sentido y los sentidos se agudizan.

Pero seguía sin comprender qué tenía que ver belleza con sostener.

A los pocos días me encontré con una buena amiga y la belleza volvió a surgir con fuerza. Me habló de su última escultura. Una bailarina de 4 m de largo. Y me enseñó las fotos y se me dibujó una sonrisa en la cara.

Una bailarina en el justo momento en que parece flotar, apenas apoyada o sustentada en la punta de un pie, mientras todo su cuerpo busca el lugar, la posición de colaborar para no caer, para guardar el equilibrio, que transforma el movimiento en belleza, en arte. Y bajo ella, mi amiga me explicó cada cosa que había colocado, y yo lo escuché así: una espada tumbada por la guerrera tranquila, que muchas personas somos, porque no dejamos de luchar por averiguar quiénes somos, sin violencia, sin imposición, sin agredir; espada apoyada en un corazón roto y surcado de heridas y viejas cicatrices; los chales de las abuelas, que nos precedieron, pasado que heredamos más o menos conscientes; un manojo de espigas de trigo que habla de fecundidad; el librito de la pequeña Frida que nos acerca a una infancia superada o no; un  libro de Gloria Fuertes, mujer que habla en verso simplificando lo complicado; varias plumas que hablan de caricias y suavidad, tan disfrutadas y tan añoradas; y una casita que guarda pañuelos de las lágrimas lloradas  y reídas a escondidas o sin tapujos.

Y algo por dentro conectó. Y cada cosica colocada se transformó en un hilo invisible que sostiene el equilibrio. Y me descubrí con hilos invisibles en mi interior. Belleza oculta que a veces no sé apreciar.

Y entendí. Entendí que la belleza alumbra, que la belleza sostiene… a veces.

Sostiene cuando una deja de enredarse en los defectos, deja de dividir lo real, en bonito o en feo, aprende a pararse y sorprenderse, se deja enseñar por quien no sabe nada, cuando calla y escucha, cuando busca y se deja encontrar…

Sostiene cuando te dejas mecer por el silencio, cuando intuyes y vislumbras los hilos invisibles, y te dejas llevar…

La belleza sostiene.

Simone