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¿QUÉ NOS PUEDE APORTAR BONHOEFFER EN LA BÚSQUEDA DE UNA AUTÉNTICA ESPIRITUALIDAD? (Agustín Gil)

Los pasados días 2, 3 y 4 de octubre nos reunimos cerca de una cuarentena de personas en Arantzazu para reflexionar sobre la figura de Dietrich Bonhoeffer y sus valientes y valiosas aportaciones a quienes intentamos vivir en profundidad en el momento actual. A petición de una persona participante, ofrezco a este foro de espiritualidad una síntesis de lo allí tratado, así como el desarrollo de mis
aportaciones en los momentos de diálogo e intercambio interpersonal.

La figura de Bonhoeffer vista desde la realidad actual

Dirigido por el teólogo Joxe Arregi, el retiro constó de cuatro exposiciones del ponente seguidas de un rico debate grupal. Para empezar, se hizo una presentación general de la persona de D. Bonhoeffer, testigo excepcional del siglo XX que desde su condición de pastor luterano se implicó en el atentado fallido contra Hitler, lo que le supuso dos años de cárcel para ser finalmente ahorcado en el año 1945
cuando contaba con tan solo 39 años de edad. Su espiritualidad en un mundo secular donde ya no era necesaria la hipótesis metafísica de Dios, nos sigue siendo válida en estos momentos para vivir, como él proponía, de una forma no religiosa, descubriendo a Dios no en los límites de la realidad o ajenos a ella, sino participando en la lucha por superar el sufrimiento de los más desfavorecidos.

A esta forma no religiosa de ser cristiano a él, que era pastor de la Iglesia confesante, le llevó a preguntarse: ¿Cómo ser libres y responsables en un mundo sin suelo bajo los pies? El criterio ético frente a dicha realidad no fue para él la insensatez, ni el deber, la vocación, la profesión o el mantener la paz interior, sino el darlo todo movido por la compasión hacia los que sufren para hacer justicia a la vida en todas sus dimensiones. ¿Qué significa entonces un cristianismo arreligioso donde la hipótesis de Dios ha sido ya eliminada y superada? Las intuiciones de Bonhoeffer no fueron desarrolladas por él debido a su muerte prematura, ni tampoco por los pocos teólogos que le siguieron, sirviendo posteriormente de inspiración a la Teología de la Liberación.

Hoy podemos decir que es necesario rechazar y superar el dualismo de nuestra cultura, así como el individualismo e interiorismo dominante en las religiones y en concreto en el cristianismo. Si San Pablo relativizó la circuncisión judaica, todas las creencias religiosas son prescindibles para un cristiano. Nos es necesaria una visión integral de la realidad, tanto a nivel personal como institucional, una
interioridad necesitada del silencio, una espiritualidad en suma no sometida a ningún credo religioso. No se trata del más allá de las religiones sino de este mundo, pues en el evangelio lo que está más allá de este mundo quiere existir para este mundo. Cristo, el ungido, no es un mito de redención exterior al mundo y necesario dada nuestra limitación humana, sino la dimensión plenificadora del ser
humano y de toda la realidad.

¿Y dónde podemos encontrar a Dios? Bonhoeffer no acepta un dios tapagujeros, un dios en los límites, y afirma que lo debemos encontrar en el centro de la vida y no solo en la muerte, en las cosas que conocemos y no en las que ignoramos, en la acción y no solo en el pecado. Dios no es el señor de lo alto todopoderoso, sino el “alma”, el “yo” como fondo de toda realidad. Y hemos de vivir en el mundo como si Dios, ese ser imaginario todopoderoso, no existiera. Ser cristiano significa ser compasivo con el sufriente y participar en sus sufrimientos luchando para ayudarlo en su liberación tal como hizo Jesús.

Reflexiones personales de lo tratado en el retiro de Arantzazu

Es verdad la afirmación de Bonhoeffer de que en una sociedad como la actual, donde la autonomía de lo temporal y el laicismo se han implantado, no se puede mantener la idea del Dios de las religiones, en concreto la cristiana, ese Señor de lo alto al que ha de someterse la persona y la sociedad humana.

Las grandes religiones históricas aportan cuatro elementos fundamentales (4 C): unas creencias (libros sagrados, dogmas), un culto (celebraciones, ritos), un código (valores y ética) y una comunidad (el conjunto de los creyentes). Es cierto también que en la historia de la humanidad las grandes religiones han cumplido durante milenios el papel de explicar la realidad, organizar la sociedad y ofrecer
salvación a personas y pueblos. Sin esas funciones el ser humano difícilmente hubiera sobrevivido desde la época neolítica en que surgieron ni habría humanizado su comportamiento individual y social. La creencia en un Dios (o dioses) superior aseguraba el orden social al imponer un código ético, al tiempo que ofrecía una explicación de la vida y de la muerte que salvaba a las personas del
sinsentido y problemas de su existencia y prometía la felicidad incluso en otra vida después de la muerte.

Fruto de la Modernidad y de la autonomía de la razón, hoy no podemos seguir creyendo al modo tradicional. El dualismo y los dogmas interpretados como verdades absolutas no se sostienen; y, si uno es aún creyente, ha de deconstruirlos e intentar recuperar la sabiduría que encierran desde la cultura actual, así como inventar una nueva forma de culto a la vida plena y una nueva forma de ser comunidad y no simplemente una sociedad como agregación de individuos sin lazos comunes. La sociedad actual, por tanto, no puede aceptar el papel de un Dios todopoderoso a imagen y semejanza de un monarca terrestre, ha llegado a la mayoría de edad y debe organizarse de forma autónoma.

Sin embargo, seguimos necesitando lo que las religiones aportaban históricamente (las 4 C). La Humanidad, como todo lo real, está en continuo cambio y evolución. Y así, los códigos éticos basados en la fuerza o en el ojo por ojo, dieron lugar a otros basados en la autoridad divina y modernamente en la razón y la compasión ante el dolor ajeno. Por ejemplo, hoy día en nuestra sociedad los códigos legales que permiten su organización están basados en la dignidad de toda persona humana, lo cual es una creencia que se justifica porque garantiza la mejor convivencia posible y no por ser mandato divino. En efecto, después de las dos guerras mundiales que conmocionaron al siglo XX, la catarsis producida por las mismas llevó a la Fundación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU 1945) con el objetivo de organizar la convivencia internacional basándose en el diálogo y la justicia. Posteriormente, se proclamaron también la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y la de los Pueblos (1976) que completan así el código ético al que hemos llegado para conseguir una vida digna de personas y pueblos.

Pero lo que vemos hoy día, como en tiempos de Bonhoffer, es que no tenemos suelo firme bajo los pies. Los DDHH no se respetan y la ONU es incapaz de arbitrar los conflictos mundiales que amenazan como entonces a toda la humanidad. Un ejemplo lo tenemos en nuestra actitud hacia los inmigrantes y la gente más indefensa al negarles nuestra ayuda, pues éticamente estamos obligados a respetar
su derecho a una vida digna. Lo mismo ocurre a nivel internacional con figuras como Trump o Netanyahu que desprecian al derecho internacional e imponen de nuevo la ley de la fuerza.

Retos para una espiritualidad liberadora

Toda persona que en la actualidad desee llegar al fondo de la realidad, necesita una espiritualidad basada en una “Ética de mínimos” que tenga como base, a nivel teórico, la premisa o creencia del valor absoluto de la vida humana. Eso supone, como en el bello ejemplo de Simone Weil, partir a nivel práctico en nuestras acciones de las obligaciones para con los demás, que merecen nuestro respeto y
compasión ante su sufrimiento; pues sólo así, partiendo de los deberes para con los demás, tendremos todos garantizados nuestros derechos. A su vez, a nivel metodológico, debemos afrontar los problemas de la convivencia mediante el diálogo en igualdad de condiciones, sin recurrir a la fuerza y partiendo siempre del compromiso y solidaridad con los más débiles.

Ahora bien, como remarca muy bien Adela Cortina, esta Ética de mínimos es la que debe exigirse a toda persona o ciudadano pues sólo así, basándonos en la justicia, será posible una sociedad armónica y feliz. Pero también puede existir una “Ética de máximos” que busque la felicidad individual de cada persona; sólo que en este caso puede ofrecerse a los demás, pero no imponerse, dado que hay muchas formas de conseguir dicha felicidad personal. Es el caso de la ética de matriz religiosa o la de personas admirables pero agnósticas o ateas. En el primer caso, el Sermón de la Montaña de Jesús de Nazaret es un ejemplo que supera con mucho los mínimos de justicia de cualquier sociedad; y, en el segundo, ocurre lo mismo con aquellas personas que no profesan ningún credo religioso pero son ejemplares por su heroísmo y entrega.

Por otra parte, hoy día, en nuestras sociedades modernas individualistas es necesario y urgente recuperar la dimensión comunitaria (el yo soy porque tú eres de la filosofía Ubuntu africana), así como reforzar los lazos interpersonales mediante símbolos, rituales y  celebraciones que nos saquen del aislamiento nihilista y el cansancio vital. Urge por tanto también una educación en valores que forme el carácter de una nueva ciudadanía, basada en aquellas virtudes que desearíamos ver encarnadas en todas las personas. En definitiva, es necesaria una espiritualidad liberadora comprometida en la defensa de toda vida y en la lucha contra todo sufrimiento e injusticia. Y, en el caso de una espiritualidad de base religiosa, ésta no debe quedarse en la calidez de la vida interior de cada cual, sino que debe abrirse, como en el ejemplo de Bonhoeffer, a los problemas y sufrimientos del mundo siendo una espiritualidad samaritana.

Agustín Gil

Espiritualidad Pamplona-Iruña
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