Este diálogo entre Alberto Rojo y Gerry Garbulsky, del canal “Aprender de Grandes”, nos plantea que la ciencia y la espiritualidad no son necesariamente enemigas, sino dos formas distintas de relacionarse con el misterio de la existencia. Aunque utilizan métodos diferentes, ambas nacen del asombro ante lo que vemos.
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DESTACAMOS:
La espiritualidad no depende de creer en Dios ni de adherirse a una religión y sus dogmas, pero sí de sentir un vínculo con el misterio del que formamos parte. La espiritualidad es el sentido profundo de asombro ante la existencia y los fenómenos cotidianos. Nos hace sentirnos a las personas más pequeñas y conectadas con otras personas, con el mundo natural y con algo más grande que uno o una misma.
La experiencia espiritual surge cuando el ego se reduce y aparece una sensación de pertenencia a una realidad más amplia. Como ejemplo el relato de los astronautas del Artemis II, que al contemplar la Tierra desde el espacio se ven pequeños frente al cosmos y a la vez sienten una profunda conexión con todo.
Ciencia y espiritualidad nacen de una misma fuente, la curiosidad y el asombro.
La ciencia sería una manera de prestar atención al mundo intentando comprender sus regularidades; la espiritualidad, una manera de habitar ese mismo misterio sin pretender agotarlo con explicaciones y sin necesitar la evidencia.
La verdad científica se acerca a ser una verdad compartida sobre la que tenemos consenso.
La espiritualidad no requiere certezas, es mirar el entorno desde un punto diferente.
Religión y espiritualidad no son lo mismo. La religión se adhiere a una tradición, una doctrina o un conjunto de creencias. La espiritualidad es una experiencia de conexión, asombro y trascendencia.
Se puede ser profundamente espiritual sin pertenecer a ninguna religión.
La ciencia sigue un método científico, una forma de validar y reproducir lo observado. La ciencia no se basa en autoridades sino en la posibilidad constante de revisión, pero necesita ser humilde para no hacerse dogmática.
Investigaciones psicológicas sobre el asombro o el maravillarse (el sentido del ohhh, wow o guau) concluyen que hace bien al cerebro. Somos la única especie que lo experimenta.
Tratar de ver el mundo con “ojos de niño (o de niña)”, reporta un efecto de bienestar superior y reduce la importancia del yo y a la vez la ansiedad.
La magia es el arte de preservar el asombro. El científico es el que le descifra los trucos de magia a “Dios”, pero a veces se encuentra que Dios es muy sutil.
Investigaciones neurocientíficas mencionan una diferencia entre el yo narrativo, (la historia que nos contamos sobre nosotros o nosotras mismoa) y el yo experiencial (la vivencia directa del presente).
Las experiencias de asombro tienden a silenciar el yo narrativo y potenciar el experiencial, lo que muchas personas identifican como experiencias de autotrascendencia o místicas.
El lenguaje etiqueta las cosas, “pixela” y cuadricula la realidad. El asombro nos devuelve la alta resolución del mundo. La poesía es un intento de expresar lo inexpresable.
La propuesta no consiste en mezclar ciencia y religión ni en convertir la ciencia en una espiritualidad. La idea es considerar el asombro como un terreno común.
¿Cómo cultivar el asombro? Leer las fuentes, estar en el presente, dibujar, escribir, cultivar las formas de ver con mayor detalle, apreciar el arte, escuchar mejor…
La ciencia profundiza el misterio al explicarlo, no lo destruye. Comprender cómo se forma un arcoíris, cómo evolucionó la vida o cómo nacieron las estrellas no reduce la maravilla, sino que la amplifica.
Desde esta perspectiva, la espiritualidad no es una respuesta, sino una forma de atención, una manera de mirar el mundo que permite percibir, incluso en lo cotidiano, algo extraordinario.
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