Hace poco leí que el lenguaje es como un campo minado: dices una determinada palabra y explota como si tuviera una bomba debajo.
Ocurre con muchas palabras, muy manejadas durante siglos y comunes a muchas culturas. Una de ellas es la palabra “espiritualidad”.
Durante años he pensado que la espiritualidad era un elemento de las religiones y que adoptaba distintas cualidades dentro de cada religión. Así en el cristianismo, espiritualidad era casi un sinónimo de carisma: espiritualidad teresiana, franciscana, ignaciana, etc.
Al abandonar las creencias religiosas (o abandonarme ellas a mí) he ido recorriendo un camino, a través del silencio y la meditación, hasta atisbar en mi propio fondo una espiritualidad que es patrimonio de todas las personas humanas.
Podría expresar estas intuiciones y estaba tentado de hacerlo, pero en el boletín del 24 de mayo, Enrique Martínez Lozano ha compartido su escrito ¿Eclipse de la religión, emergencia de la espiritualidad? que aclara y sitúa muy bien tanto el concepto de religión como el de espiritualidad.
La define así: “entiendo la espiritualidad como profundidad humana o profundidad, a secas, aludiendo con este término al fondo común, último y compartido de todo lo real o, por decirlo sencilla y brevemente, a lo que es”.
Pero ¿Qué entiende la gente como espiritualidad? ¿A qué llaman espiritualidad los medios de comunicación? Decíamos que tras la palabra está la bomba, una bomba que explota de mil maneras. A todas ellas les damos, de momento al menos, nuestro respeto. Pero el respeto no elimina la crítica que se puede hacer desde la concepción de la espiritualidad como profundidad común.
No quiero meterme en la industria de la espiritualidad, que la considera como nicho de negocio en estos tiempos digitales. Ni tampoco en lo que podemos llamar la “espiritualidad del champán”, aquella que moviliza la fe (?) con emociones descontroladas o con fiascos propios de una psicología trilera.
Marta Sader ha presentado su libro ‘Espiritualidad líquida. Misticismo pop en la era del yo’ en un artículo de eldiario.es de estos días.
“La espiritualidad pura exige una vida entera de dedicación, introspección y búsqueda de sentido”, dice. “La espiritualidad líquida, en cambio, te promete soluciones rápidas. Sanar tu linaje femenino en un cursillo de tres días o curarte de un complejo trauma con tu padre mediante una ‘cirugía astral’ realizada con la energía de los ángeles”.
“Te da respuestas inmediatas a problemas complejos”, resume. “Y además lo hace de una manera comodísima”. No exige compromiso profundo ni pertenencia estable. Se puede entrar y salir de ella fácilmente, puedes mezclar astrología, tarot, terapias energéticas, manifestación, chamanismo o discursos pseudocientíficos sin necesidad de construir un sistema coherente.”
Creo que el concepto de espiritualidad o cultura líquida es más amplio que lo que Sader concreta, pero me ayuda a entrar en el debate acerca de lo que se denomina la Nueva Era (New Age, en inglés) de la espiritualidad.
¿Qué es la Nueva era? No se trata de ninguna organización, ni estructura. En todo caso podría hablarse de un movimiento que combina ideas, estilos o elementos de diversas procedencias sin seguir una única corriente o disciplina. Algunos estudiosos prefieren la expresión “comunidad social” en lugar de movimiento. Desde el mismo intento de definición se ve la dificultad para concretar el significado y contenido de la Nueva Era. Sin embargo, hablamos mucho de ella y calificamos, no sin cierto menosprecio, a algunos autores u obras como propios de la misma.
Podemos avanzar diciendo que el concepto Nueva Era se refiere a una serie de prácticas y creencias espirituales o religiosas que se desarrollaron con mucha rapidez durante los años 70. Se consideran como precedentes a algunos autores de finales del XIX como Helena Blavatsky (1831-1891) y Alice Bailey (1880-1949) o la misma Sociedad Teosófica.
Ya vamos viendo que la Nueva Era es algo poco encasillable en unas creencias o prácticas y, desde luego, no todo lo que se dice de ellas puede adjudicarse sin más juicio a autores concretos. Pero hay afirmaciones generales que podemos hacer. Por ejemplo, la creencia en una divinidad global que incluye tanto a los seres humanos como a ángeles o personas ya fallecidas, sobre todo maestros, con los cuales los vivos pueden comunicarse (lo que llaman canalización).
Asumen también tradiciones esotéricas más antiguas como el ocultismo, hechicerías y supersticiones, a veces con denominaciones más modernas. Se mezclan conceptos como exploración espiritual, el misticismo, la sanación o la salud como tal, el chamanismo y animismo o la antroposofía. Se fomenta por algunos, la adivinación, la astrología, la telepatía y la comunicación con los espíritus.
Hay personas que se adhieren al movimiento Nueva Era sin ni siquiera percatarse de ello, debido a la naturaleza del mismo que incluye pocas formalidades, ninguna organización centralizadora y un gran sincretismo. A ello se suma la frecuente falta de información y/o formación en religión, ciencia e historia.
¿Autores? Partiendo de la dificultad de concretarlos y de que ellos mismos se consideren parte de un movimiento tan amplio como indefinido, he encontrado algunos nombres.
- Marilyn Ferguson (EE. UU.) → La conspiración de Acuario → Manifiesto de la Nueva Era, conciencia planetaria.
- Deepak Chopra (India/EE. UU.) → Cuerpos sin edad, mentes sin tiempo → Medicina cuerpo-mente, sabiduría védica.
- Louise Hay (EE. UU.) → Usted puede sanar su vida → Pensamiento positivo, afirmaciones, autosanación.
- James Redfield (EE. UU.) → La profecía Celestina → Coincidencias significativas, evolución espiritual.
- Shirley McLaine (EE. UU.) → Bailando en la luz → Reencarnación, canalización, experiencias espirituales.
- David Spangler (EE. UU.) → Revelation: The Birth of a New Age → Comunidad espiritual, misticismo práctico.
- Caroline Myss (EE. UU.) → Anatomía del espíritu → Chakras, medicina energética, intuición.
- Neale Donald Walsch (EE. UU.) → Conversaciones con Dios → Diálogo interior, espiritualidad universal.
- Rhonda Byrne (Australia) → El Secreto → Ley de la atracción, pensamiento creador.
- José Argüelles (México/EE. UU.) → El factor Maya → Calendario maya, espiritualidad cósmica, 2012.
- Enrique Barrios (Chile) → Ami, el niño de las estrellas → Amor universal, conciencia cósmica, novela espiritual.
Y otros muchos.
Hay dos casos concretos que me llaman la atención: uno de ellos el famoso “Curso de milagros” y otro el prolífico Osho.
Le he preguntado a la IA sobre ello y me dice:
“Probablemente la definición más exacta sería que el Curso de Milagros es una obra de espiritualidad no dual contemporánea, fuertemente influida por el cristianismo, pero reinterpretado desde categorías cercanas al gnosticismo moderno y a la sensibilidad de la Nueva Era.
Por ello, desde un punto de vista académico, suele incluirse dentro del amplio universo New Age, aunque ocupa una posición singular: utiliza vocabulario cristiano tradicional para expresar una visión metafísica muy distinta de la del cristianismo histórico.”
Y acerca de Osho
Osho (1931-1990), nacido como Chandra Mohan Jain y más tarde conocido como Bhagwan Shree Rajneesh, fue un maestro espiritual indio que alcanzó gran notoriedad en las décadas de 1970 y 1980. Sus enseñanzas combinaban elementos del budismo, taoísmo, hinduismo, misticismo occidental, psicología humanista y una fuerte crítica a las religiones organizadas y a las convenciones sociales.
Sus seguidores crearon comunidades en diversos países. La más famosa fue Rajneeshpuram, una ciudad-comuna fundada en el estado de Oregón (EE. UU.) a comienzos de los años 80. La experiencia de Rajneeshpuram terminó envuelta en graves conflictos legales y políticos.
Wild Wild Country es una miniserie documental de seis episodios estrenada en 2018 por Netflix. Narra la llegada de Osho y miles de seguidores a Oregón, la construcción de Rajneeshpuram y el enfrentamiento con la población local y las autoridades estadounidenses.
En Osho se mezcla la personalidad de alguien reconocido como “maestro espiritual” con el inspirador y fundador de una organización sectaria, acusada de abusos de todo tipo, sobre todo en Estados Unidos.
Tanto Osho como el “Curso de Milagros” son dos fenómenos paradigmáticos del desconcierto que subyace en la Nueva Era.
¿Qué postura mantener?
Frente a todo ello propugnamos una espiritualidad limpia.
Limpia de creencias, de maestros, de normas, de pensamientos “correctos” y/o únicos.
Una espiritualidad común y accesible a todas las personas.
Una cima de silencio, paz, identidad, quietud, confianza…
Cima a la que se llega desde muchos caminos, cada cual el suyo, pero que han de superar las sendas egóticas, mentales, con intereses ocultos…
Todas estas diferencias nos/me hacen rechazar muchas manifestaciones de la Nueva Era, aunque algunas de ellas son aceptables y positivas.
Un amigo, más entendido que yo, me comentaba que «como suele ocurrir, a mí me parece que la Nueva Era tiene algunas intuiciones básicas certeras, pero luego —unas corrientes más que otras— se pierden en ¿extravagancias?».
Pues ése es el trabajo, siempre pendiente, de separar el polvo de la paja. En ello contamos con la ayuda inestimable del “maestro interior”. Ahí, en mi propio fondo, se va pariendo, dando a luz, iluminando, el sentido y la comprensión.
Una espiritualidad que es conciencia de unidad y que nos aporta paz y libertad.
Vive en cada uno de nosotros un anhelo de plenitud.
De la fusión de nuestra memoria y de ese anhelo surge la nostalgia del futuro, la emoción que nos trae el presentimiento de nuestra casa.
Ecequiel Subiza Pérez

