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UNA MEDITACIÓN (Sonia Goyeneche)

A modo de introducción a una meditación para desarrollar la fortaleza interior:

Lo primero es prestar atención a la postura.

Nos buscamos una postura fácil, cómoda pero digna como dicen algunos, con la espalda recta, proyectando la coronilla hacia arriba, como si tuviéramos un hilo que tirara hacia arriba, hacia el cielo, creando un espacio entre las orejas y los hombros, como si creciéramos.

Suavemente, sin prisa, sentadas, sintiendo la conexión con la tierra a través del banco, de la alfombra, del cojín. Estiramos la columna y nos hacemos conscientes de cómo se va estirando, de cómo a la par nuestro pecho se expande, se abre… y sólo respiramos profundo.

Frotamos nuestras manos, para conectar con la energía, para dar calor y las ponemos en gesto de oración, palma contra palma, a la altura de nuestro pecho, los pulgares pegados al esternón, haciendo un poco de presión, para recordarnos que estamos aquí, para caer en la cuenta de si estamos presentes o no. Respiramos profundo, despacio, sin prisa alguna.

Al exhalar dejamos que todo el cuerpo se relaje. Sintiendo dentro de ti, en cada respiración, esa caricia que hace el aire al entrar y al salir, a nosotras mismas, desde lo más aparente, desde los poros de la piel hasta lo más profundo… Sentimos nuestro cuerpo, lo que nos incomoda, y muy despacio corregimos la postura si es necesario, despacio. Sentimos las piernas, los pies sobre el suelo…

Y sólo entonces…

Entonces, imagina raíces que salen de ti hacia la tierra. Raíces que entran, que penetran, que se hunden hacia adentro, hacia lo profundo… y una sólo sigue respirando despacio, cada vez más hondo, con suavidad, sin prisa, hasta llenarte por completo y dejándote totalmente vacía… cada vez a mayor profundidad, despacio, cada vez más lento.

Toma conciencia de la conexión de las raíces que salen de ti, de cómo se crean conexiones con la tierra, con la vida que tenemos bajo nuestros pies…

Toma conciencia de cómo la energía estabilizadora de la tierra va conquistándote, cómo va llenando cada rincón de tu cuerpo, como una caricia, como un susurro, como una invitación que te renueva por dentro. Desde esa vibración que es verdad genuina en ti, verdad que tu propio cuerpo reconoce sin resistencia, verdad que va inundando, anegando cada rincón, cada esquina… Todos tus órganos se relajan en la caricia, en la acogida, en el sentirse recogidos por la fuerza de la energía creadora de la tierra con la que estás conectada.

Cae en la cuenta de que, en esta conexión, la tierra y tú no sois algo diferente, entre tú y ella no hay diferencia, no hay separación, formas parte de ella, del todo.

Y si meditas en grupo, siente en este momento la fuerza del grupo acompañándote, sosteniéndote, no estás sola… Sentada a tu lado en este camino está otra persona como tú, que te sostiene y a la que sostienes, formando una red de acogida.

… Y nos quedamos en silencio, respirando y saboreando, sabiéndonos por un instante tierra, vida. Y permanecemos en silencio…

 

Yo sigo usando la imaginación en aquellas ocasiones en que a mi mente le cuesta parar porque para ella siempre le suena a juego, y le encanta jugar. Y es que hay días que una necesita ayuda para volver a casa.

Sonia Goyeneche

Espiritualidad Pamplona-Iruña
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