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NADIE MUERE SOLO (Jon Ander)

Si un día, para mi mal, viene a buscarme la parca”

            Serrat en Mediterráneo

Nunca ha estado de moda hablar de la muerte. Todo lo que la rodea es, en ocasiones,  incluso un tabú. Y más en estos momentos, en que la parca se pasea a sus anchas por el mundo.

Por eso nos cuesta hasta imaginarnos las circunstancias que rodean a la muerte de los fallecidos en los hospitales, en las UCIs, residencias, etc. en estos tiempos de pandemia. Porque no pueden estar rodeados de sus familiares, amigas y allegados. No pueden despedirse de ellas y ellos, perdonarse, atar los cabos que se han quedado sueltos, dar los últimos consejos. Cabe pensar que mueren en abandono y soledad.

Pero no es, ni mucho menos, así.

Hace unos años tuve una experiencia en un quirófano, en la cual sentí que se acercaba mi último momento. Ya me habían anticipado que podía ocurrir. Recuerdo que pedí que alguien me diera la mano. Una enfermera, efectivamente, tomó la mía. Sentí la cercanía de la Humanidad, incluyendo mi pareja y mis hijos y la Tierra entera que parecía dispuesta a recibirme.

Y es que estoy seguro de que, en el noventa y mucho por ciento de los casos, nuestros muertos, compañeras y compañeros de pandemia a los que no olvidaremos, en esos momentos cuentan con la caricia, la mirada, la presencia, la mano de enfermeras, celadores, ayudantes o titulares de cualquier tipo que en ese momento representan y son toda la Humanidad.

“Curar algunas veces, aliviar a menudo y consolar siempre”. Decía el Dr. Marañón sobre el papel de los sanitarios.

Pero hay mucho más.

Ninguna persona muere sola, aunque lo haga totalmente aislada.

Siempre permanece la Vida, la Consciencia, todas las formas en que entendamos Dios como Fondo último de la persona. Su presencia es incuestionable. Es lo que somos. Es nuestra identidad.

Intuyo que en el silencio que precede a la muerte hay que tratar de situarse, como tantas veces hemos hecho, más allá, por debajo o por detrás, como queráis, de mente, cuerpo, sentimientos y dolores, para saborear el Ser que hemos sido, casi sin saberlo ni disfrutarlo, mientras se manifestaba a nuestro través en esta realidad que, ahora sí, podremos comprender como ilusoria, como un sueño.

Pero cuando el sueño se desvanece es cuando vamos llegando a la alborada.

Por eso dicen, quienes han vivido experiencias cercanas a la muerte, que ante su inminencia el sentimiento más normal es la paz.

La ola y el mar. Es la metáfora que más nos gusta utilizar para expresar que la muerte es el momento en que la ola deja de serlo, pierde su forma, pero no su identidad, que no es otra que el agua común de la mar océana.

¿No habéis tenido la sensación, cuanto entráis en el mar, de entrar en casa, de sentiros totalmente acogidas y abrazados por el agua?

De alguna forma somos parte del campo unificado de consciencia. Y en él nos sumergimos definitivamente.

Hasta donde la lucidez permita aceptar la entrega total, la rendición definitiva. Pero en medio de un gran Amor.

 “No tienes por qué tener miedo. ¡Extiende tus manos! Serás llevado.

Al final tendremos que hacer tan solo una única cosa: desapegarnos.

Dichoso aquél que termina a tiempo su búsqueda allá fuera,

queriendo volver a la casa paterna,

como el hijo del relato del Hijo Pródigo”

(Willigis Jäger)

Para muchas personas será también importante volver la mirada al abandonado de Yahvé. Murió solo. Y hoy, que es Viernes Santo de esta semana santa silenciosa, ¿cómo no acordarse de Jesús, el de Nazaret?

Sea con las certezas que se tengan sobre uno mismo o una misma, sea con las creencias o con la tradición sapiencial o con la mitología en que cada quien exprese el misterio, nunca, nunca las personas estamos solas.

¿Y el duelo, la despedida?

Tampoco, en estos días, se puede iniciar correctamente el duelo de las familias al no poder celebrar entierros, funerales y despedidas en condiciones normales.

Queda aplazado. Hay medios telemáticos que pueden ayudar a iniciar el duelo. Me ha tocado estos días utilizar una aplicación de una aseguradora de decesos que me ha gustado, que permite desde encender una vela hasta consignar mensajes de pésame o fotos de recuerdos.

Ayuda. Ayuda, pero en una pérdida cercana la situación es durísima. No poder abrazar, no sentirse acompañada o acompañado, no poder compartir, distraer…

Cuando podamos reunirnos, acabada la pesadilla, lo haremos para recordar a nuestros seres queridos muertos, cada cual en su local, iglesia o mezquita.

Por muchas personas. Hasta en eso más solidarios.

Jon Ander